Sr. Director:
¡ABRACADABRA…!
Me viene a la imaginación el
recuerdo divertido de una de las populares historietas de Mafalda. En una de
ellas se contaba el diálogo mantenido por Susanita y Miguelito. Venía a decir
así: Susanita le pregunta a Miguelito: “¿Quieres que te adivine el porvenir?”.
“Bueno”, contesta Miguelito que es bastante pasotilla. Ponte de espaldas y
repite: “Conjuro, conjuro, que me adivine el futuro.” Así lo repite dócilmente
Miguelito. “Ahora, ponte de frente, frótate la nariz con una carta y di: “Eca ,
eca, mi porvenir se aparezca”. Miguelito sin más se frota la nariz y
“eca, eca…”
Susanita lo mira muy seria y
sentencia: “Si has sido capaz de hacer estas tonterías, no es difícil adivinar
tu futuro: serás tonto”.
No está tan lejos de la
realidad la postura de Miguelito. Muchas personas, hombres, mujeres, jóvenes y
otros que no lo son tanto, confían en el “conjuro, conjuro” para que le
adivinen el futuro.
Existe más de una cadena
televisiva –y otros lugares- que ofrecen a los incautos soluciones y
adivinanzas, tras la consulta a unas cartas, de sus problemas, por unos cuantos
minutos que se convierten en euros y que ya se encargan los “adivinos” de
prolongar convenientemente, como también no pocos que se denominan futurólogos
y aprovechan la incultura existente para conseguir pingües beneficios.
El Tarot es actualmente el
medio más comercial de supuesta adivinación y también se suele usar como
consultas personales en Internet. Sería curioso comprobar el resultado de la
consulta a un tarotista y la misma consulta con otro distinto.
Pero el caso es que ni los
astros ni las cartas, ni las bolas de cristal sirven para adivinar futuro
alguno y desde luego lo que no hay es algo parecido a intervenciones divinas,
aunque no falten a veces invocaciones a lo alto. Dios se comunica con el hombre
de otra manera.
El hombre ha sentido en todas
las épocas interés por conocer el porvenir. En algunos casos, especialmente en
tiempos de decadencia religiosa, este interés se convirtió en preocupación
obsesiva e infantil credulidad. Esa decadencia lleva consigo el brote pujante
de lo supersticioso. No es extraño, pues, que en nuestra época, en la que con
bastante frecuencia se palpa la ausencia de la auténtica vida religiosa, se
pueda detectar una corrupción de la misma, buscando el remedio a los males, en
los “dioses”, los muertos y las fuerzas ocultas De ahí que el
desconocimiento de la religión propicie el error, resultando, al menos,
curioso, comprobar que personas que se creen a pies juntillas lo “revelado” por
el rey de bastos o la sota de espadas, o por cualquiera de las 78 cartas
de que está compuesto el tarot, no aceptan, sin embargo, o se
despreocupan de la auténtica verdad que está en el Evangelio. Confían en el
mago de turno que les asegura el éxito en la vida porque se lo “dice” el as de
oros, y no se fían de las enseñanzas de Jesucristo que fue el único que dijo:
“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.
En el fondo lo que se busca
ansiosamente es una respuesta a la multitud de interrogantes, problemas e
inseguridades que rodea la vida humana, pero el camino elegido no pasa de ser
una inocentada.
Hay siempre respuestas y
soluciones auténticas y serias a cualquier problema humano. Lo que es necesario
es estudiar en serio, formar la conciencia, huir de lo fácil y no
extasiarse con las “abracadabras”.
Pepita
Taboada Jaén
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